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lunes, 19 de julio de 2010

Chopin: "El piano es mi segundo Yo". Notas del Artista - Profesor



La frase del título pertenece al gran pianista y compositor polaco Frèderic Franÿois Chopin, de quien este año se cumplió el bicentenario de su nacimiento. Algunos estudiosos sitúan como fecha posible el 22 de febrero de 1809 y otros el 1 de marzo de 1810; esta última parece ser la más probable. Falleció en París el 17 de octubre de 1849, cuando tenía 39 años.
Hablar de Chopin es hablar de uno de los grandes músicos del siglo XIX. Para conocerlo más profundamente es de un valor incalculable leer la correspondencia personal que él, en forma fluida, mantuvo con su familia, amigos y personajes de la época.
Sus apariciones públicas como pianista fueron sorprendentemente escasas. Prefería tocar en salas reducidas, así como con un público poco numeroso. Sin embargo, cuando ejecutaba parecía sereno, transfigurándose con la música que vibraba en su cuerpo y alma. Prefería la marca de pianos Pleyel, de sonoridad aterciopelada, velada, en vez de los de sonoridades brillantes. Su estilo pianístico fue muy original. Su rubato, por ejemplo, era enteramente novedoso. Harold Schönberg señala que Chopin fue el primer pianista que se sentó con el lado derecho hacia el público; y la tapa abierta del piano actuaba como reflector acústico enviando directamente el sonido hacia la platea.
Como profesor fue estrictamente profesional, tanto desde el punto de vista financiero como artístico. Chopin, refiriéndose a sus lecciones de piano, que impartía en París, humorísticamente, y como ellas le representaban una segura base económica, las denominaba ‘mi molino´.

EL MAESTRO. Tuvo intención de publicar un libro sobre la enseñanza y dejó algunas notas relevantes. Entre ellas recomienda estudiar no más de tres horas diarias. El uso del pedal debe ser ejercitado toda la vida. Da enorme importancia al canto y aconseja escuchar a los grandes cantantes, siendo él un asiduo asistente a las funciones de ópera.
Sus creaciones eran fruto de largas meditaciones; nunca estaba satisfecho con ellas, las retocaba sin cesar y las guardaba algún tiempo antes de editarlas. Para él la cima de la belleza en toda ejecución era la sencillez. Hizo cantar al piano como nadie a través de sus Nocturnos, Estudios, Preludios, Baladas, Mazurcas, Barcarolas, Conciertos, Sonatas, Polonesas ...
Una de sus alumnas, Friederike Müller, relata que el Maestro, débil, pálido, tosiendo mucho, tomaba unas gotas de opio en azúcar y agua de goma, y se frotaba la frente con agua de colonia. Decía que tenía gran paciencia, perseverancia y celo admirable. Sus lecciones duraban una hora y en muchas ocasiones las prolongaba. A veces tocaba él; una mañana —cuenta Müller— ejecutó catorce preludios y fugas de Bach de memoria.
Trató de hacer su vida armoniosa, bella y digna. Amó fervorosamente a su Patria. Con las mujeres demostró el mayor respeto, no sólo en sus amores con Constanza y María sino en su relación tormentosa con George Sand.
Serenidad y paciencia no tuvo jamás. Sí orden, finura, elegancia, buen gusto. Siempre fue melancólico; la tuberculosis minó su existencia. Dos frases dan una idea de ella. Berlioz dice: “Chopin se estuvo muriendo siempre”; y Fiel expresa: “Un talento de cuarto de enfermo”.
Romain Rolland, crítico e historiador francés lo describe magistralmente: “Su vida nos deja una impresión brillante y triste, irónica, amarga y desengañada”. Chopin trascendió en el tiempo; el recuerdo se mantuvo incólume por su música inmortal.

Por Aromita Díaz . Pianista. Docente

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